La Perla del Sur

miércoles, 16 de septiembre de 2026

El Centenario del Ciclón de Encarnación

La tarde en que la memoria se volvió refugio

Hay fechas que quedan marcadas a fuego en el alma de un pueblo, no por la gloria de sus victorias, sino por la dignidad con la que supieron levantarse de entre las ruinas. Un 20 de septiembre de 1926, la pacífica Villa Baja de Encarnación vivió la hora más oscura de su historia. Lo que comenzó como un atardecer pesado y tormentoso se transformó en cuestión de minutos en un devastador tornado (estimado hoy en categoría F4) que descargó vientos furgantes de más de 200 km/h sobre la ciudad.

A exactamente 100 años de aquella catástrofe, recordar el "Ciclón de Encarnación" es volver la mirada hacia la memoria, la resiliencia de nuestra gente y la solidaridad que unió a dos orillas hermanadas por el río Paraná.

El rugido del gigante: Aquella tarde fatal

Hacia las 18:00 horas de aquel 20 de septiembre, el cielo sobre el río Paraná se volvió de un color plomizo imponente. En una época sin radares ni alertas meteorológicas tempranas, las familias encarnacenas continuaban sus rutinas diarias sin imaginar el horror que se aproximaba.

El fenómeno entró por la zona del puerto y arrasó con violencia ciega la emblemática Zona Baja:

  • Destrucción total: Caserones de madera, comercios de ramos generales, la aduana y viviendas enteras fueron desintegrados en cuestión de segundos.

  • El saldo del dolor: Más de 300 a 400 vidas se perdieron esa noche, convirtiéndose en el desastre natural más mortífero registrado en la historia del Paraguay.

  • El silencio tras la furia: El viento borró construcciones centenarias y dejó a la ciudad en sombras, envuelta en el lamento de las familias que buscaban a sus seres queridos entre los escombros a la luz de faroles improvisados.

El milagro de la solidaridad: La respuesta de la otra orilla

Si la naturaleza mostró su cara más feroz esa tarde, la humanidad mostró su cara más noble esa misma noche. Cruzando la inmensidad del río en la penumbra, misioneros y marineros desde la vecina ciudad de Posadas no dudaron en acudir al rescate.

Figuras como el botero Jorge Memmel cruce tras cruce impulsaron lanchas y embarcaciones a remo a través del agua embravecida para trasladar heridos, insumos médicos y médicos argentinos. Posadas convirtió sus hospitales, escuelas y plazas en centros de auxilio para los sobrevivientes encarnacenos. Aquel abrazo entre dos pueblos divididos por la geografía pero unidos por el dolor dejó en evidencia que las fronteras se desdibujan cuando la fraternidad llama a la puerta.

Renacer de las cenizas

Encarnación no se dejó vencer por el barro ni por el luto. La reconstrucción de la ciudad fue un proceso largo y doloroso que requirió el esfuerzo de generaciones enteras para volver a levantar los techos, las calles y la fe de una comunidad entera.

Con el paso de las décadas y las transformaciones urbanísticas —como la llegada de la moderna Costanera y la reubicación de la antigua Zona Baja—, el panorama físico de la ciudad cambió para siempre. Sin embargo, en el pulso diario del encarnaceno aún late la fortaleza heredada de aquellos abuelos que lo perdieron todo en 1926 y lo reconstruyeron todo con las manos desnudas.

A 100 años: Honrar el pasado para abrazar el futuro

Al cumplirse un siglo de este trágico suceso, la conmemoración no es solo un acto de nostalgia; es un deber moral y un ejercicio de memoria histórica. Honramos a las cientos de víctimas fatales, a los héroes anónimos que arriesgaron su vida en el rescate y a una ciudadanía resiliente que enseñó el significado de volver a empezar.

Hoy, mientras el sol se pone sobre las aguas tranquilas del río Paraná y baña de dorado nuestra hermosa Costanera, el recuerdo del ciclón nos deja una lección eterna: la naturaleza puede derribar muros y cambiar la geografía de un pueblo, pero jamás podrá doblegar la calidez, la unión y la dignidad de la gente de Encarnación. Aguyje a quienes nos precedieron y nos legaron la fuerza para seguir siempre de pie.


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sábado, 12 de septiembre de 2026

La invasión alegre: Cuando los turistas conquistan Encarnación

Crónicas, risas y secretos de la marea viajera en la Perla del Sur

Hay épocas en las que nuestra amada Encarnación deja de ser solo una ciudad pacífica recostada sobre el ancho río Paraná para convertirse en un inmenso escenario de sol, sonrisas y acentos cruzados. De repente, las calles se llenan de anteojos de sol extravagantes, sombreros de paja de tamaños inverosímiles y un ejército de visitantes armados con termos, protector solar y una curiosidad insaciable. ¡Ndébarbaro! La Perla del Sur se vuelve el epicentro del universo y no hay rincón que escape al encanto de esta hermosa invasión viajera.

1. El éxodo hacia el agua: La tribu del protector solar

Ver llegar a los turistas a la Playa San José es una lección de sociología pura y divertida. Están los preparadísimos, aquellos que bajan del auto pareciendo una expedición al Himalaya pero en versión caribeña: conservadora gigante sobre ruedas, sombrilla multicolor de tres metros de diámetro, reposeras ergonómicas y un arsenal de flotadores inflables con forma de flamenco rosa o unicornio dorado.

Pisan la arena dorada con ese brillo en los ojos que solo da el escape de la rutina. Los ves caminar dubitativos sobre la arena caliente hasta que, ¡zas!, el agua fresca del Paraná les bautiza los pies y sueltan un suspiro colectivo que resuena hasta la otra orilla. En ese preciso instante, el viajero estresado se transforma en un encarnaceno de corazón. No importa si vienen de las prisas de Asunción, de la humedad de Ciudad del Este, de la vecina Argentina o de algún rincón remoto del mapa europeo: frente a la inmensidad del agua, todos hablan el mismo idioma.

2. El choque cultural del Tereré: Un ritual de iniciación

Una de las escenas más entrañables y cómicas de la temporada es observar a los visitantes extranjeros intentar dominar el arte sagrado del tereré. El encarnaceno autóctono camina con el termo bajo el brazo con la elegancia natural de quien lleva una extremidad más. El turista, en cambio, agarra la jarra con cierto temor reverencial, preguntándose en secreto si la bomba de yuyos medicinales que la remediera local le preparó no lo va a elevar directo a la estratósfera.

"¿Mba'e yva oĩ pype?" (¿Qué yuyos tiene adentro?), preguntan con los ojos bien abiertos al ver las hojas de menta, menta'i, kokũ o burro aplastadas con mortero en el fondo del termo. El primer sorbo siempre es un espectáculo digno de filmar: arrugan la frente, abren la boca con sorpresa, lo piensan dos segundos... y de repente sonríen. ¡Heterei! (¡Qué delicioso!), exclaman orgullosos con un acento gracioso, sintiéndose graduados en paraguayidad pura. A partir de ese momento, la guampa no se suelta más y el turista pasa a andar por la Costanera sintiéndose un cacique guaraní de las playas.

3. La pasarela de la Costanera: Atardeceres, rollers y fotos infinitas

Cuando el sol empieza a derretirse en el horizonte como una yema de huevo dorada y el cielo se tiñe de tonos naranjas y violetas que ni el mejor pintor podría copiar, la Costanera se transforma en una pasarela surrealista. Es la hora del paseo oficial. Los turistas salen a mostrar sus mejores pilchas veraniegas o, en su defecto, su bronceado recién estrenado (que a veces tira más a tono "camarón hervido" por no haberse puesto suficiente protector solar a mediodía).

Allí conviven los ciclistas de ocasión que alquilan monopatines eléctricos y zigzaguean entre la gente saludando como si estuvieran en una película de Hollywood, los runners motivados y las familias enteras buscando el spot perfecto para la foto de Instagram. El atardecer encarnaceno tiene ese poder mágico: logra que el desconocido más tímido pida a un extraño que le saque una foto, iniciando conversaciones inesperadas que terminan en risas compartidas. "¡Qué lindo es este lugar!", se escucha repetir como un mantra en cada metro cuadrado del paseo marítimo.

4. El peregrinaje gastronómico: Del Surubí a la maratón del Reviro

Si hay algo que un turista aprende rápido en Encarnación es que "dieta" es una palabra prohibida. La experiencia gastronómica de los visitantes es una montaña rusa de sabores. Los mediodías se visten de gala en los restaurantes frente al río, donde el surubí a la parrilla se convierte en el plato estrella. Ver a un turista probar por primera vez una posta de pescado de río jugosa, adobada con limón y ajo, acompañada de mandioca bien blanca y tierna (mandi'o hû sky), es ver la cara de la felicidad absoluta.

Pero la verdadera aventura empieza al atardecer o en esas mañanitas frescas, cuando se cruzan con el aroma inconfundible del reviro recién hecho. "¿Qué es esa masa dorada picadita?", preguntan con curiosidad. Al probarlo junto a un huevo frito ("con puntilla", como Dios manda) o sumergido en un vaso de cocido quemado, sus esquemas mentales colapsan. Se dan cuenta de que la cocina humilde del sur paraguayo tiene la fuerza de un abrazo maternal. Para cuando termina su estadía, el turista promedio ya no calcula su equipaje en kilos de ropa, sino en paquetes de yerba mate y recuerdos culinarios grabados en el paladar.

5. Compras en el Circuito: La fiebre del tesoro escondido

Ninguna crónica sobre los turistas en Encarnación estaría completa sin mencionar la incursión legendaria al Circuito Comercial. Cruzar hacia la zona de tiendas es para el visitante como entrar a la cueva de Alí Babá pero con aire acondicionado y liquidaciones de fin de temporada.

Ves a los viajeros caminar con ojos de cazadores de ofertas, comparando precios de electrónica, toallas de algodón, termos de acero inoxidable y calzados deportivos. Hay un arte especial en el regateo amistoso y en esa alegría infantil cuando consiguen ese gadget o esa prenda que buscaban a mitad de precio. Regresan al hotel cargados de bolsas de colores, agotados pero victoriosos, sintiendo que le ganaron al sistema y listos para presumir sus compras al volver a sus ciudades de origen.

6. El abrazo encarnaceno: El recuerdo que no entra en la valija

Más allá de las playas deslumbrantes, la arquitectura moderna, las ruinas históricas que esperan a pocos kilómetros y la noche vibrante de los corsos y boliches, hay algo que los turistas repiten en cada charla antes de armar las valijas: la calidez de nuestra gente.

Ese "Tereaháporãite" (Que te vaya muy bien) que les regala el vendedor de la esquina, la paciencia del parrillero que les explica la receta del chipa guasu, la sonrisa del recepcionista del hotel o la amabilidad de los vecinos que les indican la mejor ruta sin apuro alguno. El turista no solo se lleva fotos del atardecer sobre el Paraná o arena en el fondo de las zapatillas; se lleva en el pecho la paz de una ciudad que sabe abrazar a quien la visita.

¡Hasta la vuelta, queridos viajeros!

Encarnación es la perla del turismo y siempre guarda un lugar en su corazón costero para cada persona que decide cruzar sus accesos. Que vengan los turistas hoy, mañana y siempre. Que llenen de color nuestras avenidas, que pregunten mil veces cómo se toma el tereré, que se enamoren de nuestras playas y que hagan volar sus risas por el cielo de Itapúa. Nos dejan su alegría, sus historias y su energía revitalizante. Y nosotros, desde esta orilla bendecida por el sol y el agua, les decimos con una sonrisa de par en par: "¡Jajoechapa peve!" (¡Hasta que nos volvamos a ver!), porque sabemos bien que el que prueba el encanto encarnaceno... siempre, pero siempre, termina regresando.♥


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martes, 1 de septiembre de 2026

Dani Alves en Encarnación

Del brillo de los estadios a un mensaje de fe, propósito y transformación

Hay visitas que llaman la atención por el nombre de quien llega. Otras, en cambio, adquieren importancia por el mensaje que esa persona trae consigo. La presencia de Dani Alves en Encarnación durante el sábado 29 y domingo 30 de agosto tuvo precisamente ese carácter: el reconocido exfutbolista brasileño llegó a la capital de Itapúa no para hablar de goles, títulos o grandes estadios, sino para compartir ante la comunidad cristiana un testimonio de fe, transformación personal y encuentro con Jesucristo.

Para una ciudad que durante esos mismos días estaba viviendo la enorme fiesta internacional del WRC Rally del Paraguay, la llegada de una figura mundial del fútbol agregó otra historia a un fin de semana extraordinario. Mientras los motores rugían en los caminos de Itapúa, en la Iglesia de Dios en Encarnación se hablaba de algo completamente diferente: de Dios, de la fe, del propósito y de la posibilidad de comenzar una nueva vida.

Alves participó de encuentros durante el fin de semana y compartió su experiencia espiritual, especialmente con un mensaje dirigido a quienes buscan descubrir un sentido diferente para sus vidas. La visita había sido anunciada previamente por la propia congregación y por medios cristianos, que destacaron el carácter testimonial de la actividad.

Un futbolista acostumbrado a levantar trofeos

Durante muchos años, Dani Alves fue sinónimo de éxito deportivo.

Su nombre quedó asociado a algunos de los clubes más importantes del mundo, a grandes competencias internacionales y a una colección extraordinaria de títulos. Acostumbrado a jugar bajo presión, a competir delante de miles de personas y a levantar trofeos, el brasileño alcanzó una fama que muy pocos futbolistas consiguen.

Sin embargo, en Encarnación quiso hablar de otra clase de victoria. Su mensaje no estuvo centrado en los trofeos que consiguió dentro de una cancha, sino en aquello que, desde su perspectiva personal, considera de mayor valor: su relación con Dios y su fe en Jesucristo.

Y allí aparece uno de los aspectos más llamativos de su testimonio. Quien durante tantos años estuvo rodeado de cámaras, contratos, fama, estadios repletos y reconocimientos deportivos, hoy afirma encontrar su mayor riqueza en la dimensión espiritual de su existencia.

Es un contraste poderoso. Porque el mundo del deporte suele enseñar que ganar significa llegar primero, conseguir un campeonato, marcar un gol decisivo o levantar una copa. Pero el mensaje que Alves compartió plantea otra mirada: que también existen victorias que no aparecen en un marcador.

“Cuarenta años” como una metáfora de esclavitud espiritual

Uno de los conceptos centrales de su testimonio fue la referencia a haber vivido durante 40 años preso, expresión que, según el sentido de su mensaje, utiliza para hablar de una vida marcada por el pecado y de la posterior experiencia de sentirse libre mediante la fe.

Esta idea tiene un fuerte contenido simbólico dentro del pensamiento cristiano. En la Biblia, la libertad aparece repetidamente como una imagen de la acción de Dios sobre la vida humana. El pecado es presentado como aquello que puede esclavizar al ser humano, mientras que Cristo representa la posibilidad de una vida nueva.

Por eso, cuando Alves habla de haber estado “preso” durante décadas, el concepto no debe entenderse necesariamente como una referencia literal a 40 años de encarcelamiento físico, sino como parte de la manera en que describe su propia historia espiritual.

Su mensaje apunta a una transformación interior. A dejar atrás una determinada manera de vivir. A reconocer errores. A buscar a Dios. Y, desde su perspectiva, a descubrir en Jesucristo una libertad diferente.

Jesucristo como centro del mensaje

En Encarnación, el protagonista no fue el exjugador del Barcelona, ni los campeonatos conquistados, ni las grandes figuras con las que compartió vestuario.

El protagonista del mensaje fue Jesucristo. Ese aspecto resulta especialmente importante para comprender el sentido de su visita. La presencia de una persona famosa puede atraer público, pero el propósito de la actividad, de acuerdo con la información difundida por la Iglesia de Dios, era escuchar su testimonio sobre su experiencia de fe y transformación.

Alves habló desde su propia experiencia y utilizó su historia para transmitir a los jóvenes un mensaje relacionado con el amor a Dios, la búsqueda de propósito y la necesidad de vivir la fe de manera concreta.

No se trató simplemente de decir que hay que creer. El desafío que planteó fue más profundo: hacer que la fe transforme la manera de vivir.

Ese es uno de los conceptos que más resonó durante el encuentro. La fe, desde esta perspectiva, no debería quedarse encerrada entre las paredes de un templo. Debería acompañar a la persona cuando sale a la calle, cuando estudia, cuando trabaja, cuando practica deporte y cuando enfrenta las dificultades de la vida cotidiana.

Un mensaje especialmente dirigido a los jóvenes

Quizás uno de los aspectos más interesantes de la visita fue la atención puesta sobre las nuevas generaciones. Los jóvenes viven en un mundo donde el éxito suele medirse por seguidores, dinero, apariencia, fama y reconocimiento. Las redes sociales pueden mostrar permanentemente vidas aparentemente perfectas, mientras muchas personas enfrentan silenciosamente dudas, inseguridades y preguntas sobre su futuro.

Frente a esa realidad, el testimonio de Alves plantea una pregunta diferente:

¿Qué queda cuando desaparece todo aquello que el mundo considera éxito?

El exfutbolista conoce muy bien la respuesta desde su propia experiencia. Conoció la fama, los grandes escenarios, los títulos y el reconocimiento internacional. Sin embargo, hoy sostiene que todo eso tiene un valor menor frente a su relación con Dios.

El mensaje para los jóvenes, entonces, puede resumirse en una idea sencilla pero profunda: la identidad de una persona no debería depender exclusivamente de lo que tiene, de lo que consigue o de lo que los demás piensan de ella.

Hay algo más profundo que buscar. Y para Alves, ese algo se encuentra en Cristo.

Los trofeos frente a una nueva escala de valores

Resulta difícil imaginar una colección de trofeos deportivos más impresionante que la de un futbolista de su trayectoria.

Copas, medallas, reconocimientos, fotografías, camisetas y recuerdos pueden llenar una habitación. Son la evidencia material de años de esfuerzo, sacrificio y competencia.

Pero durante su mensaje, Alves puso esas cosas en una perspectiva diferente. Desde su experiencia actual, los trofeos, la fama, los premios y el reconocimiento pierden importancia frente al amor de Dios.

No significa necesariamente que el esfuerzo deportivo carezca de valor. Todo lo contrario: el deporte puede enseñar disciplina, perseverancia, responsabilidad y trabajo en equipo.

Lo que cambia es la jerarquía. Un trofeo puede brillar durante algunos años. Una medalla puede convertirse en un recuerdo. La fama puede desaparecer.

Pero, desde la perspectiva cristiana que Alves quiso transmitir, la relación con Dios tiene un valor que no depende de un resultado deportivo ni de la opinión pública. Es una manera diferente de entender el éxito.

Del estadio a la iglesia

Hay algo poético en imaginar el recorrido de una persona desde los grandes estadios del fútbol mundial hasta un templo donde habla de su relación con Dios.

Durante años, Alves escuchó miles de voces gritando su nombre. En Encarnación, quiso que su voz sirviera para hablar de otro nombre: Jesús.

El contraste es significativo. En el fútbol, los jugadores compiten para ganar, en la vida espiritual, el mensaje cristiano propone servir. En el deporte, el reconocimiento llega mediante resultados, en la fe, el valor de una persona no depende de cuántos trofeos pueda mostrar. 

En un estadio, las luces se encienden y luego se apagan.

La fe, para quien la vive, pretende iluminar incluso cuando las luces exteriores desaparecen.

Una visita que coincidió con un momento especial para Encarnación

La presencia de Dani Alves tuvo lugar en un fin de semana particularmente intenso para Encarnación.

La ciudad estaba recibiendo visitantes de diferentes lugares debido al WRC Rally del Paraguay 2026. Hoteles, restaurantes, calles y espacios públicos estaban llenos de movimiento.

En medio de ese ambiente deportivo y turístico, la Iglesia de Dios ofreció un espacio completamente diferente. No había cronómetros, no había motores ni podios. Había personas reunidas para escuchar un mensaje espiritual.

Esa diversidad también forma parte de la riqueza de Encarnación. Una ciudad puede ser simultáneamente escenario de un acontecimiento deportivo mundial y espacio para encuentros culturales, familiares y religiosos.

Durante ese fin de semana, la ciudad mostró nuevamente esa capacidad de recibir historias muy diferentes.

Una historia que invita a pensar

Más allá de las creencias personales de cada lector, la historia que Alves compartió plantea una reflexión universal.

¿Qué hacemos con aquello que tenemos?

¿Qué lugar ocupa el éxito en nuestra vida?

¿Qué ocurre cuando conseguimos aquello que durante años soñamos alcanzar?

Y, quizás la pregunta más importante:

¿Qué queda cuando ya no tenemos que demostrarle nada a nadie?

Dani Alves encontró, según su propio testimonio, una respuesta en su relación con Dios.

Para él, el éxito deportivo dejó de ser la medida principal de su vida. Los títulos continúan formando parte de su historia, pero ahora los contempla desde otra perspectiva.

Su mensaje a los jóvenes fue, en esencia, una invitación a buscar algo más profundo que la fama y el reconocimiento: amar a Dios, conocer a Jesucristo y permitir que la fe produzca una transformación verdadera en la vida cotidiana.

La libertad que no se compra

Existe una palabra que atraviesa todo el relato: libertad.

Una persona puede tener dinero y no sentirse libre, o puede tener fama y vivir llena de preocupaciones.

Puede recibir aplausos y, al mismo tiempo, sentirse vacía o ganar muchos trofeos y seguir buscando algo que no aparece en las vitrinas.

El mensaje cristiano que Alves llevó a Encarnación propone precisamente otra clase de libertad: aquella que nace de reconciliarse con Dios y comenzar una vida diferente.

Desde esa perspectiva, la libertad no depende de cuánto posee una persona, sino de aquello que gobierna su corazón.

Para Alves, esa libertad tiene un nombre: Jesucristo.

Una semilla sembrada en Encarnación

Quizás dentro de algunos años nadie recuerde exactamente las palabras pronunciadas durante aquella jornada. Pero puede que alguien recuerde cómo se sintió.

Puede que un joven haya escuchado por primera vez a una figura mundial hablar de Dios de una manera cercana. Puede que alguien que atravesaba un momento difícil haya encontrado una razón para volver a creer. Puede que otro haya comenzado a preguntarse qué lugar ocupa Dios en su propia vida.

Las grandes transformaciones muchas veces comienzan de una manera sencilla: con una palabra, una conversación o un testimonio.

Eso fue lo que Dani Alves llevó a Encarnación. No llegó con una copa en las manos. No llegó para mostrar sus medallas.

Llegó para hablar de aquello que, según su testimonio actual, considera mucho más importante que todo lo que consiguió en una cancha.

Cuando los trofeos dejan de ser lo más importante

La vida de un deportista de élite puede parecer, desde afuera, una sucesión de éxitos. Grandes contratos, estadios llenos, viajes, campeonatos y reconocimiento internacional.

Pero detrás de toda esa imagen existe una persona.

Y las personas también atraviesan momentos difíciles, toman decisiones, enfrentan consecuencias, buscan respuestas y, algunas veces, encuentran nuevos caminos.

En Encarnación, Dani Alves quiso contar precisamente esa parte de su historia.

Su mensaje fue el de alguien que afirma haber encontrado en Dios y en Jesucristo una nueva escala de valores.

Una escala en la que la fama no ocupa el primer lugar.

Donde los premios no son lo más importante.

Donde las medallas no determinan el valor de una persona.

Donde los trofeos pueden quedar en una vitrina, mientras la fe permanece en el corazón.

Y quizás esa sea la imagen que quede de su paso por Encarnación: un hombre que alguna vez aprendió a ganar partidos y campeonatos, pero que hoy asegura haber descubierto que existe una victoria diferente.

Una victoria que no se define por un marcador.

Una victoria que no necesita un estadio.

Una victoria que, desde su propia experiencia de fe, tiene como centro a Jesucristo.

Y así, durante aquel último fin de semana de agosto, entre el rugido de los motores del rally y el movimiento extraordinario de una ciudad llena de visitantes, Encarnación también fue escenario de un mensaje mucho más silencioso.

Un mensaje sobre fe, esperanza, propósito, amor a Dios y transformación.

Porque algunas historias se escriben con goles. Otras, con trofeos.

Y otras comienzan cuando una persona decide que todo aquello que alguna vez consideró importante ya no ocupa el primer lugar.

Para Dani Alves, ese lugar hoy pertenece a Dios.♥


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